Jesús indica lo que él hace y aquello que los discípulos han de asumir por amor hacia él. Si en el Antiguo Testamento daba la impresión que el amor de Dios estaba limitado solo al “pueblo escogido”, ahora, después de la Pascua, Jesús enfatiza el amor que hay entre él y su Padre, extendiéndolo a la comunidad cristiana. Nos dice de qué manera podemos permanecer unidos a él por el vínculo del amor y la obediencia, que no se excluyen mutuamente sino que dependen el uno del otro, pues el amor a Dios brota de ese mismo amor hacia él.
Si obedecen mis mandamientos permanecerán en mi amor. Esta es una invitación a hacernos responsables de sus obras de amor y actuar. Quien no permanece en ese afán, no lucha para que haya vida en abundancia; al contrario, vive un concepto del amor de Dios que es estático y romántico, pero que no tiene ninguna incidencia ni es beneficioso para el prójimo. Por lo tanto, perdurar en el amor de Dios es asumir su práctica liberadora, que nos lleva a realizar obras concretas de misericordia.
Tal vez nos puede parecer imperativo el ámense los unos a los otros, pero siendo sinceros, nadie puede obligar a otro que lo ame o que ame a otra persona. El amor nunca puede ser obligado, eso solo causa rechazo. Sin embargo, el gesto de Jesús en la cruz es una referencia indiscutible a cualquier acto de caridad cristiana. Y porque amó a sus discípulos, los consideró sus amigos y les confió la tarea de anunciar su Reino. Por eso aquel que gasta o pierde la vida en favor del proyecto de Dios experimenta una gran alegría. Es cierto, que a veces esa “dicha” no la vemos, quizás porque todos ocultamos un poco de “insatisfacción”, pero solo una apertura sincera y un amor verdadero a Dios es capaz de donarse.
“Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor…” Jn 15, 10.
P. Freddy Peña T., ssp