Es propio de nuestro tiempo cuestionarnos acerca de qué les sucedió a los discípulos después de la resurrección ¿Habrán sido víctimas de una ilusión? Después de la muerte de Jesús en la cruz, los discípulos quedaron muy abatidos y sin esperanza. No había en ellos un deseo genuino de anunciar al Resucitado, pero es la intervención de Jesús y su presencia la que los provoca e invita a vencer sus dudas y miedos.
Son muchos los “temores” que paralizan nuestra fe y que sin la resurrección de Jesús termina siendo un sinsentido. Sin embargo, el Resucitado no es fruto de la fantasía de algunos, sino que es el mismo Jesús terrestre que vive una realidad y dimensión nuevas, que permite ser experimentada o comprobada por sus más cercanos, los discípulos. La resurrección de Jesús no consiste en permanecer unido a Dios, con su alma inmortal, sino en recibir de nuevo su cuerpo junto a su alma, en una existencia que es diferente a la terrena.
Jesús, al resucitar, nos regala el “don pascual”, que no es la garantía de una vida imperturbable ni exenta de problemas, sino la paz vivida en la tranquilidad, la confianza y la protección que provienen del amor de Dios. Al no ser testigo ocular de la resurrección, todo el que cree en este gran don se convierte en testimonio de un acontecimiento histórico y concreto, que no se fundamenta en ideas, especulaciones u opiniones personales.
Ante una sociedad cada vez más escéptica e indiferente con la fe, el mundo cristiano apuesta por seguir reconociendo al Resucitado en lo cotidiano, que no siempre es tan fácil ni inmediato. No obstante, los signos de la resurrección de Jesús son creíbles en la medida que cambian para bien a quien lo experimenta y algo sucede en su vida, que ya no lo hace ser el mismo que era antes sino un “convertido”.
“Miren mis manos y mis pies. Un espíritu no tiene carne ni huesos…” Jn 24, 39.
P. Fredy Peña T., ssp