En raras ocasiones la historia relata los acontecimientos de los pobres o de gente sencilla, por ser historias que “no venden”. No obstante, el relato de la visita de María santísima a su parienta santa Isabel muestra, al menos para san Lucas, que la historia de una sociedad no solamente la escriben los grandes, ricos y famosos. También están aquellas historias de mujeres y niños que, devaluados por una sociedad machista de la época, pudieron escribir su propia historia.
La escena de la visita muestra a dos madres “favorecidas” con el don de la fecundidad y también con el don del encuentro por dos criaturas: el precursor y el Salvador. Las madres anticipan la misión de sus hijos y la relación que tendrán durante su vida pública. En este hermoso encuentro, Dios se revela en ambas: a María le revela el don dado a Isabel, marginada por ser estéril; y, a su vez, Isabel reconoce que María es la “madre del Señor” y la llama “bendita”. En la Biblia, las personas bendicen cuando descubren la presencia de Dios que sana, y María es motivo de bendición porque se convirtió en el lugar privilegiado de Dios.
Por eso se entiende el elogio de Isabel, porque es el resultado a su asombro: ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor…? Es decir, su elogio va más allá de una maternidad física, pues el valor de María consiste en haber creído que las cosas dichas por el Señor se cumplirán: “Felices, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Cf. 11, 27-28). Por eso la visitación de María irradia la alegría de quienes todavía creen en Dios y sus promesas. Pero también nos enseña acerca de cómo Dios actúa en la historia: María e Isabel, junto a Jesús y Juan, plasmaron, con sus vidas, una historia de dulce y de agraz, de fe y esperanza, pero al mismo tiempo de santidad.
“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45).
Fredy Peña Tobar, ssp.
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