Es sabido que Dios es el dador por antonomasia. En efecto, la generosidad es parte de su reinado y así lo confirma el propio Jesús: cura a los enfermos y multiplica los panes y peces. La escena del evangelio evoca el episodio del Éxodo 16, pues en el desierto el pueblo de Israel es saciado en su hambre. Ahora Jesús, el Hijo de Dios, alimenta con el pan de la Palabra a una muchedumbre ávida de alguna palabra de salvación; sacia con el pan de la comida a una multitud herida y enferma; y reconforta con el pan eucarístico a un gentío que espera el Reino definitivo de Dios.
El evangelista no detalla cómo realizó Jesús el milagro. No obstante, señala los gestos del Señor al pronunciar la bendición y al partir el pan. Ante la pregunta sobre qué hacer con la multitud, los discípulos optan por despedirla, es decir, solo quieren desentenderse de la situación y no hacerse cargo. Pero Jesús, que conoce las miserias del corazón, quiere romper con el milagro fácil y la dependencia enfermiza. A la cuestión del “comprar” lo reemplaza con el “dar”. Es decir, el verdadero milagro que produce Jesús es el de la participación y la distribución: el amor traducido en la participación de todo garantiza la abundancia de los bienes y es capaz de erradicar las desigualdades en la sociedad.
También hoy la tarea de todo creyente parece una misión imposible ante tantas necesidades, porque no solo hay hambre material sino también de otra índole: hay hambre de educación, de libertad, de amor, de absoluto, de trascendencia y Vida eterna. Dice Jesús, denles de comer ustedes mismos… y la gente se sació con él. Pero si estos no van donde Jesús, ¿dónde y con qué saciarán su hambre? Por eso, una Palabra de Dios que no lleva a dar pan al hambriento y vestido al desnudo es cualquier otra cosa, pero no es Palabra de Dios.
“Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt 14, 14).
Fredy Peña, SSP