Este discurso de Jesús a sus discípulos desemboca en su despedida y en el momento de su hora (muerte-resurrección). A raíz de este anuncio, los discípulos se sienten turbados y apenados, porque saben, por el Señor, que va a ser traicionado. El propio Jesús reitera que nadie lo puede acompañar en esta hora ni menos compartir su sacrificio de la Cruz. No obstante, el Maestro anima a los discípulos diciéndoles que mientras no pierdan su fe en Dios y se mantengan fieles a él, tendrán lugares reservados en el “cielo” junto con su Padre.
Jesús, al decir que es Camino, reafirma que él es la guía y la orientación para la vida, por medio de su muerte y resurrección. En los tiempos de Jesús, los líderes religiosos afirmaban, según el Antiguo Testamento, que el camino del acceso a Dios era mediante el cumplimiento de la ley: la ley era el “camino”. Pero, Jesús cambia eso y dice que él es el Camino, o sea, el “humano”, y, por tanto, todo aquel que se hace humano tiene la certeza de estar en el Camino que es Jesús.
Al decir que Jesús es la Verdad, nos afirma que él es la manifestación visible y encarnada del amor del Padre. Amar a Jesús en espíritu y en verdad es estar en sintonía profunda con el proyecto y el Reino de Dios. El propio Jesús dice: “Si guardan mi Palabra, conocerán la Verdad y la Verdad los hará libres” (Jn 8, 31 y ss.). En aquel tiempo, también los líderes religiosos afirmaban que la ley era la verdad, pues bastaba cumplirla para alcanzar la vida. Pero, Jesús garantiza que él es la Vida en plenitud para todos. Por eso, los que se comprometen para que esa Vida llegue a todos han de tener la seguridad de que están por el Camino de la Vida. La familiaridad con Jesús, escuchando sus palabras y practicando su caridad, es ya experimentar, ver y vivir en la esfera del amor del Padre celestial.
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).
Fredy Peña T.