Jesús no resucitó para sí mismo, sino que su resurrección tiene un efecto colectivo que alcanza hasta el más perdido de los hombres. El evangelista Juan, al narrar los hechos, elabora una catequesis que invita a cuestionarnos si todavía es necesario continuar buscando “señales” que acrediten que la Resurrección de Jesús es algo verdadero, real, creíble y no un mito.
Dice el relato que la Resurrección ocurre en el primer día de la semana, el domingo: comienza la nueva creación a causa de la Muerte y Resurrección del Señor. Jesús se presenta en medio de la comunidad y les da la paz que solo él puede ofrecer al mundo, aquella paz que trae armonía, sosiego, calma y no tiene fecha de vencimiento. Al mismo tiempo, la comunidad lo acoge con alegría y está en condiciones de recibir el Espíritu de la verdad, el Espíritu santificador. De ahora en adelante, una vez que el creyente ha experimentado al Cristo resucitado tiene la misión de continuar el proyecto de Dios.
Ante este testimonio, el cristiano correrá la misma suerte que Jesús: será rechazado, perseguido e incluso incomprendido por su propia familia, pero también encontrará bienaventuranza. En efecto, habrá quienes se adhieran a Jesús y contagien a otros desde lo que son e incluso sin haber visto al Señor ─como testigo ocular─, sino que serán la confirmación de aquella bienaventuranza bendita: ¡Felices los que creen sin haber visto! Lo importante no es haber conocido a Jesús antes de su muerte, sino vivir la vida en el Espíritu que nace después de su Resurrección.
Hemos de llegar a decir, como santo Tomás, “Señor mío y…” y sacarnos esa sensación de derrota y descrédito que los más incrédulos dan a la Resurrección. Porque lo que parecía un tremendo fracaso ahora es la gran victoria del amor, de la misericordia y de la luz.
“Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).
Fredy Peña T.