El viaje de Jesús hacia Jerusalén refleja el camino de la comunidad cristiana, con sus crisis y desafíos que plantea la praxis de la caridad. En un contexto de comida, el Señor revela a los fariseos y a los escribas la misericordia del Padre y explica a sus discípulos cómo vivirla. Hace hincapié acerca del escándalo y lo que significa la corrección fraterna. El primero apela a la libertad de cada persona y Dios no puede impedirlo, por más daño que se haga al prójimo. Él nos ama, nos respeta y no se impone, porque espera que actuemos en consecuencia. Al mismo tiempo, la corrección fraterna que ayuda al hermano a salir de su error es la oportunidad de poner a prueba la humildad.
A menudo se cree que en la Iglesia no debieran haber pecadores sino solo personas intachables. Pero sabemos que eso es una quimera, pues la comunidad de Jesús no es un grupo de justos. Los discípulos de Jesús no reniegan de su condición de personas frágiles que necesitan ser perdonadas para conformar una comunidad que busca la benevolencia del Padre amoroso.
La comunidad de los discípulos de Jesús vive una crisis de fe, algo que todo creyente también ha experimentado alguna vez. Jesús, a la petición de “Auméntanos la fe…”, clarifica: no se trata de tener “más” o “menos” fe. Porque la fe no es una cuestión de cantidad sino de cualidad. Es decir, en la medida en que la fe se mantenga inquebrantable ‒a pesar de los problemas, de las situaciones límites o de la dificultad para perdonar a quien nos ofende‒, mayor es el amor a Dios.
Por eso la experiencia de la misericordia de Dios nos lleva a amar al prójimo con su pecado, porque comprobamos cómo Dios también perdona el nuestro. Tanto la misericordia como la gratuidad −señales esenciales del amor de Dios− nos ayudan a superar el escándalo. Ambas nos proporcionan la máxima libertad que nos hace semejantes a Dios.
“Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber” (Lc 17, 10).