Jesús actúa con la autoridad y propiedad que le proporciona su propia identidad: él es el Mesías, el “Hijo de Dios”. Su poder lo avala y testifica en cómo enseña y sana a las personas de sus males mediante sus milagros. Por eso libera a través de su palabra doctrinal y acción sanadora ─en este caso, exorcizando─, acciones que constituyen al unísono un signo del poder de Dios. Por eso la pregunta: “¿quién es este?, que hasta los demonios le obedecen”.
No obstante, Jesús tenía una autoridad para realizar distintos milagros y no necesitaba refugiarse en lo que decían y testimoniaban otros. En su tiempo, la costumbre para tener autoridad era citar a otros autores antiguos, ya que la Tradición, por ejemplo, constituía garantía de credibilidad. El Señor enseña y se apoya en su propia autoridad y dice: “Han oído que se dijo…, pero yo les digo…” (cf. Mt 5, 33-48). Su enseñanza es “nueva”, porque va dirigida a alguien que no gozaba de atención. A su vez, el endemoniado representa a todas las personas sin identidad, a las que no se les permite hablar ni actuar como sujeto de una sociedad. En pocas palabras, su vida depende de “otros” que piensan, hablan y obran por él.
Asimismo, los demonios identifican a Jesús y saben “quién” es, pero él no quiere que se sepa. Él no busca una “alienación” de su anuncio, sino que las personas sean libres y hagan lo que de corazón les nace hacer. No busca forzar que crean en él. Por eso obra de esa manera silenciosa y cauta, porque su “identidad” ha de decantar por sí misma y por el peso de su persona y obras. Actualmente, pululan los “espíritus inmundos”: violencia, terrorismo, inmoralidad sexual, injusticias sociales, droga, etcétera. Como creyentes hemos de decidir por dónde queremos transitar: ¿por la vereda de los espíritus que nos alejan de Dios o por el camino que nos lleva a una sanación integral?
«¿Qué es esto? Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, ¡y estos le obedecen!» (Mc 1, 27).
Fredy Peña Tobar, ssp.