El discurso que nos presenta el evangelio de Mateo corresponde a una de las grandes enseñanzas de Jesús. En el contexto de una crisis que vive la comunidad acerca de la Segunda Venida del Señor, Jesús –como buen Maestro–, sacude y despierta la conciencia dormida de la muchedumbre. Compara al Reino de Dios con lo que sucede en un banquete de bodas: “entrar en el Reino es como disfrutar de una fiesta nupcial”.
En los tiempos de Jesús, el esposo debía ir a buscar a la novia para llevarla a su nuevo hogar, pero esa hora no estaba fijada; por tanto, había que tener preparadas las lámparas, porque podía darse a cualquier hora. Entre las vírgenes había prudentes y necias, que esperaban al novio; pero solamente cinco de ellas –sensatas– tenían sus lámparas con aceite. Por eso, toda preparación para un encuentro con el Señor ha de ser constante, incluso si los problemas, las enfermedades o el propio trabajo nos quitan o amilanan la posibilidad de estar con él. Es decir, el esposo no reprocha a las vírgenes que se han quedado dormidas, sino a las que han escuchado el mensaje de Jesús pero no lo han sabido poner en práctica. En cambio, la prudentes son las que conociendo al esposo llevan a su vida todo lo que han aprendido de él.
Si no tenemos la disponibilidad en nuestra vida de fe, entonces el Señor pasará sin pena ni gloria, y nos perderemos el mayor tesoro de la vida: “vivir en la presencia de Dios”. Por eso es inútil que intentemos alcanzar una realización plena “en el último día” si no se hizo “algo” antes. Es decir, lo que no se hizo, por amor a Dios, durante la vida, tampoco podrá hacerse después. El tiempo de la gracia y de la conversión sincera es el que tenemos ahora. Este es el tiempo de permanecer con las lámparas encendidas. Este es el tiempo de dar los frutos que Dios espera.
“Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25, 13).
Fredy Peña T., ssp