Poco a poco llega el momento final para Jesús. Por esta razón, deja todo en manos de sus discípulos y de aquel que crea en su Palabra y se comprometa en el proyecto de Dios. Si tanto la Palabra de Dios como su amor son los que traerán la transformación de la sociedad, entonces habrá que estar preparados, pues cada vez más se quiere vivir al margen de Dios. Sobre todo cuando Jesús propone transformarla desde la entrega de la propia vida y no desde la violencia.
“Si alguien me ama…”. Ante tantas faltas de amor en el mundo, Jesús responde con la fórmula del amor activo: todo aquel que guarda su Palabra se convierte en morada del Padre y del Hijo. No obstante, esto no tiene nada que ver con una fe intimista donde me entiendo Yo y Dios y el resto queda fuera. Este vínculo de amor cobra real sentido cuando cada persona se adhiere a una fe que es personal, pero también asume que es comunitaria.
Es la misma fe que patentaron los discípulos de Jesús y que no por eso dejaron de sentir miedo ante la partida de este. ¿Qué harán cuando no esté Jesús? La intervención del Espíritu Santo en el camino de la Comunidad será fundamental, porque permitirá recordar quién partió. Es decir, rememorará y enseñará las palabras y gestos del Señor. Solo por medio del Espíritu Santo es posible iluminar las situaciones presentes y distinguir lo que lleva a la vida y no a la muerte, lo que es fruto del egoísmo y no del amor desprendido y generoso.
La paz que comunica Jesús a sus discípulos es fruto de su decisión de cumplir, hasta el fin, el proyecto del Padre. Es una paz que no la puede dar el mundo sino solo aquel que tiene la convicción profunda de saber hacia dónde va y quiere. Por eso la obediencia de Jesús suscita la fe de los que lo siguen y los hace capaces de amar –al igual que él? aun en las situaciones más adversas.
“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).
P. Fredy Peña T., ssp