Los discípulos de Jesús se preguntan acerca de la señal que marcará la venida del Hijo del hombre y cuándo sucederá. Por medio de una catequesis sobre el final de los tiempos, el Evangelista prepara a la comunidad cristiana, ya que en esa época existía una preocupación grande por el fin del mundo, se creía que era algo inminente. Ante esa duda, la comunidad aún confía: “Cristo ha triunfado sobre el mal y volverá con gloria, aunque no se sabe cuándo”. Por eso es necesaria la vigilancia y el discernimiento, porque la misión de los discípulos de Jesús, que se prolonga en el tiempo y en el espacio, continuará a pesar de los conflictos y catástrofes de la historia.
Sin desconocer los tiempos en que vivimos donde pareciera ser que el mal sigue teniendo la última palabra sobre el bien, la tendencia es vivir a “mi manera” o “haciendo la mía”, en lo posible, que no me pongan límites y donde todo está permitido; es decir, vivir al margen de Dios. En esta realidad, la venida del “Hijo del hombre” es una luz de esperanza. La expresión Hijo del hombre la usaron los judíos para hablar del hombre en general (cf. Dn 7, 3), hacía alusión a un futuro personaje enviado por Dios, para juzgar a los pecadores e instaurar su Reino. Jesús toma para sí este título, ahora él es el Hijo del hombre, que vino, está presente y vendrá como Señor al final de los tiempos.
El que en la vida terrena no ha permanecido fiel al Hijo del hombre y a sus palabras ni se ha esforzado en vivir en comunión con él, no será obligado y permanecerá donde está, es decir fuera de la comunión. Por eso todo cálculo de cuándo vendrá el Hijo del hombre es estéril. En lugar de desperdiciar tantos momentos hermosos de la propia vida, es mejor poner nuestra confianza incondicional en el designio amoroso de nuestro Padre Dios, que no desampara nunca a sus hijos.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mc 13, 31).
P. Fredy Peña T., ssp