Con el Bautismo del Señor comienza la vida pública de Jesús, cuyas enseñanzas y milagros manifiestan que él es el “Hijo de Dios”. Es sabido que el bautismo de Juan evoca la epopeya del Éxodo en su paso por el mar Rojo, pero también disponía a las personas para la llegada del Mesías, el Salvador. En efecto, el precursor, después de confesar su indignidad frente a Jesús, deja en claro la diferencia entre su bautismo y el del Señor. El bautismo de Juan posee un carácter externo y es un simple lavado con el que se expresa el arrepentimiento para obtener el perdón. En cambio, el bautismo de Jesús es una unción del Espíritu Santo, que transforma al hombre interiormente y lo lleva a una nueva vida, pero no a cualquier vida sino a la que procede de Dios. Además, perdona nuestro pecado de raíz y nos santifica.
“No soy digno de desatar…”. Las palabras del Bautista son un signo más de su humildad, ya que no se considera “digno” de ser discípulo del Señor. Quitar o poner las sandalias, en casas pudientes de aquel tiempo, era una función del esclavo o de los discípulos de las escuelas rabínicas. Por eso la actitud de Jesús de someterse al bautismo de Juan sorprende más todavía, porque solidariza con nuestra condición de pecadores. El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, pero no en el pecado. En efecto, conoce en carne propia la limitación humana, el dolor, el hambre y la muerte.
Por eso, con las palabras “Yo te bautizo en el nombre…”, los cristianos nos hemos abierto a la acción del Espíritu como la vivió el propio Jesús. Es decir, que ciegos seríamos si no apreciáramos este gran don que es la vida en el Espíritu Santo. Cerrarnos a la posibilidad de ser hijos adoptivos de Dios por gracia es negarnos la “dignidad” y la “vocación” a la que hemos sido llamados. De cada uno depende cómo quiere vivirlo, si como hijos de la luz o de la oscuridad.
“Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo» (Mc 1, 8).
Fredy Peña Tobar, ssp.