Jesús continúa su enseñanza acerca de la insistencia en la oración, pero esta vez, hace hincapié sobre la actitud de cómo se debe orar. La parábola del fariseo y el recaudador de impuestos o publicano desvelan la falsa religiosidad de algunos que se tienen por justos y desprecian a los demás. Al mismo tiempo, contrapone dos modos de ser: el fariseo (separado) creía dar gracias a Dios, pero es a sí mismo a quien se admira y alaba; se juzga perfecto, justo, y, por tanto, no necesita ser justificado. En contraposición, el publicano se siente pecador ante Dios y pide su misericordia.
La arrogancia de los fariseos era abismal, pues pensaban que el cumplimiento de la Ley les purificaba de sus pecados y les permitía participar de la santidad de Dios. En cambio, el recaudador de impuestos era un colaborador de los romanos, considerado como traidor del pueblo, impuro ante los fariseos, es decir, era tratado como los paganos. Sin embargo, la actitud de este contrasta con la del fariseo, ya que mientras este último se enorgullece ante Dios de ser como es, el publicano se reconoce pecador. El fariseo parece exigir el pago por sus buenas obras; el publicano suplica compasión, porque se siente culpable por ser usurero. El fariseo si da gracias, no es porque reconozca el don de Dios, sino para resaltar que él es superior al publicano y dice: “Yo no soy como los demás”. En efecto, no necesita a Dios, ni de su perdón, porque ya se ha justificado a sí mismo.
Como creyentes aprendamos de que ante Dios no podemos alardear de virtud, porque él conoce el corazón del hombre. Todos tenemos algo del fariseo, por tanto, solo nos queda reconocer que si somos buenos es porque Dios nos hace buenos. Dice San Pablo: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí” (1Cor 15, 10). Creernos mejores que los demás o buenos ante Dios es soberbia y una refinada falsa humildad e insensatez.
“Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 18, 14).
P. Fredy Peña Tobar, ssp.
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