La figura de Juan Bautista es como un preludio de inspiración para recibir al Señor en el misterio de la Navidad. Sus palabras evocan lo que anunciaba el profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti… En efecto, Juan es el “mensajero” que anuncia un tiempo de preparación para la llegada del Señor y ambos comienzan la predicación con idénticas palabras: “Conviértanse, porque está cerca el reino de Dios” (Mt 3, 2).
Sabemos que en la propia misión de “anunciar” hay una dimensión humillante. No es fácil acatar y realizar la voluntad de “otro”. Sobre todo en una cultura tan individualista y egoísta como la nuestra. Cada persona quiere hacer las cosas a su modo y nadie quiere que le digan: “Haz esto, haz aquello”. Entonces, ¿por qué es humillante ser servidor de otro? Porque sirviendo creemos que perdemos nuestra propia libertad. Es decir, no soportamos ser supervisados ni mucho menos que nos llamen “servidor u empleado”. Pero nos olvidamos de que servir a Dios es distinto, porque no minimizamos nuestra voluntad al querer de él, sino que la engrandecemos. Dios nos posibilita ser más creativos y tener iniciativa para hacer el bien. El error es hacer únicamente nuestra voluntad, permanecer solos y no hablar con los demás.
Por eso Juan Bautista no hace del bautismo lo que a él le parece; al contrario, siente que Jesús lo sobrepasa en todo y por eso utiliza la metáfora jurídica de la sandalia (cf. Deut 25, 5-10) para manifestar que Jesús no ha caído en ningún incumplimiento de la ley. Su cercanía con Dios le permitía leer el corazón de algunos, como el de los fariseos y saduceos, quienes, creían que por ser hijos de Abraham estaban salvados. Por eso no es suficiente decir: “No hago el mal a nadie”; más bien hay que preguntarse: ¿hago el bien? El fariseísmo engaña a los hombres, pero no a Dios.
“Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc 1, 3).
Fredy Peña T., ssp
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