La dramática escena del evangelio de hoy nos pone en la encrucijada del discernimiento y la irrupción de una nueva moral en la persona de Jesús. Según la ley de Moisés (Deut 22, 22; Lev 20,10), la mujer que fuese sorprendida en adulterio tenía que ser apedreada, y no solo ella, sino también con quien había cometido el adulterio. Una vez más, los doctores de la ley y los fariseos quieren poner a prueba a Jesús. No obstante, el Señor no quiere la condena ni mucho menos la perdición de sus hijos. No desea que la ley se tipifique como una norma “absoluta” de moralidad; al contrario, quiere enseñarla como una “sabiduría” que flexibilice el cómo se juzga, pero sin caer en un “no pasa nada… todo está permitido”.
El episodio acontece en el templo, lugar donde es rechazado Jesús por parte de las autoridades judías. Aquello se había convertido en un centro de poder más que en la casa de Dios en la cual se perdonaba y acogía a quien había pecado. Jesús, al decir “el que no tenga pecado…” inaugura la revolución moral del amor y de la misericordia. Su moral no aplasta ni denigra sino que levanta y dignifica a la persona desde su “debilidad”. No se centra en la culpa ni mide qué castigo dar al pecador, si no que desde el amor lleva al hombre a discernir lo que está bien y lo que está mal.
Es cierto que la sociedad ha de regirse por leyes, si no todo sería una anarquía. Sin embargo, cuando Jesús es puesto a prueba en el cómo aplica la ley, él no se desentiende; es decir, no la rebajó ni menos relativizó la falta, porque se dio cuenta de la “debilidad” de la mujer adultera: su perdón enalteció el ideal del amor. Pensar que hoy hay cristianos que se escandalizan porque se comulga en la mano y, sin embargo, ¡hay tantas otras cosas por las cuales escandalizarse! Pero la moral que nos propone Jesús va por otro cause porque no está centrada en la culpa sino en el amor y en la misericordia de Dios.
“Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante” (Jn 8, 11).
P. Fredy Peña T., ssp