En estos últimos domingos hemos venido recordando los maravillosos acontecimientos de la infancia de Jesús, pero ahora el Evangelio nos remite a su bautismo, donde la voz del Padre manifiesta el día de la unción y entronización del Rey y Mesías, Jesús: “Tú eres mi Hijo, el Amado; tú eres mi Elegido”. Por su parte, Juan Bautista vive las esperanzas y expectativas del pueblo para que no pierda la ilusión ni se desanime.
Juan se considera indigno de su función de siervo del Mesías que está por llegar y reconoce su lugar y función: “Yo no soy digno de desatarle la sandalia”; es decir, el gesto recuerda la ley del levirato, que si un hombre moría sin dejar hijos, el cuñado debía casarse con la viuda y suscitar descendencia al hermano fallecido. A su vez, la sandalia servía como salvoconducto: el que la poseía, tenía derecho a rescatar y generar esa descendencia. Con todo, el hecho de que Jesús se deje bautizar por Juan confirma “el gesto de solidaridad” para con el hombre. El Señor vino al mundo para ofrecerse como sacrificio perfecto al Padre celestial y su bautismo marca el inicio de su vida pública. Así, quedaba configurada su identidad y cuál era en definitiva su tarea mesiánica: “Jesús, el Salvador y embajador de la misericordia”.
De esta manera, nuestro bautismo se vincula con el de Jesús, porque marca el nacimiento a la vida cristiana y a permanecer en la mirada amorosa de Dios. El Padre también nos quiere decir: “Ustedes son mis hijos, en quienes he puesto mis complacencias y expectativas”. Si hay algo que debemos reflexionar como Iglesia es que no hay una realidad más hermosa que el haber sido bautizado. No hay mayor dignidad que la de ser considerados como hijos de Dios. Y no hay una vocación más importante y más vigente que la de ser hijos por el Hijo de Dios.
“Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo…” (Lc 3, 16).
P. Fredy Peña T., ssp